El paisaje imponente de las Bardenas Reales

El Parque Natural Las Bardenas Reales, ubicado en el límite entre Navarra y Aragón, es poseedor de un paisaje árido único que invita a realizar un recorrido lleno de retos a través de su geografía, conduciendo al visitante por páramos desérticos y roquedales inhóspitos.
Este parque, que se extiende a lo largo de casi 42.000 hectáreas, por sus características se asemeja al gran desierto del Mojave, localizado en los Estados Unidos, en especial en la parte de la depresión de la Bardena Blanca. El espectacular paraje puede recorrerse tomando algunas de las rutas señalizadas que hay para 4×4.
Es preciso señalar que las Bardenas no posee núcleos poblacionales, a pesar que las puertas de acceso a este paraje desolado son Arguedas, por el este, y Carcastillo, por el norte.
Al sumergirnos en el interior de las Bardenas podremos comprobar a simple vista la existencia de tres paisajes bien distintos en un solo paraje. En primer lugar se encuentra el Llano, una meseta desiada con una mínima erosión. Luego, veremos la Bardena Blanca, donde las planicies se combinan con los barrancos y cabezos. Por último, apreciaremos la Bardena Negra, cuyo paisaje está compuesto por mesetas de diferentes alturas.
Vale decir que si visitamos el Parque Natural de las Bardenas, no podermos irnos sin habernos sacado una foto en el Castildeterra, impactante momumento natural cuya forma se asimila a la de una pirámide truncada. Para apreciar mejor el encanto de este parque, es conveniente acercarse al Mirador de Pilatos, situado en la Bardena Negra, próximo a la Reserva Natural del Rincón del Bu.
Los más aventureros seguramente se animarán a pasear por las Bardenas en segway, una suerte de patinete eléctrico de dos ruedas. Aunque también lo pueden hacer a caballo. La duración y longitud de las rutas varían y parten desde Arguedas o bien desde la carretera de Tudela, en la zona de acceso a la reserva.

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Mina La Jayona: Naturaleza en estado puro

Pocos sitios esconden tanto misterio como una mina abandonada, siendo que comúnmente no sobran las oportunidades para visitar una. En La Jayona, en la sierra que funciona como límite divisorio entre Extremadura y Andalucía, es posible ver en primera persona cómo la naturaleza ha podido convertir el esfuerzo del hombre para dar lugar a un entorno realmente único.
La explotación de la Mina La Jayona tuvo lugar en 1921, año en que dicha mina fue cerrada. Hasta ese momento, cientos de mineros realizaron allí la dura labor de extraer hierro. Al principio, la extracción la hacían con la ayuda de caballerías, que posteriormente fue sustituída por un cable aéreo que conectaba la mina con la estación de ferrocarril.
Recién en 1997, tras haber transcurrido más de siete décadas del cierre de la mina, este lugar fue reflotado al ser declarado como monumento natural. Claro que, para ese entonces, la naturaleza se había apoderado de las galerías que estuvieron durante largos años abandonadas, creando de ese modo en los roquedales de la mina un rico ecosistema, compuesto por muerciélafos, musgo, helechos, plantas trepadoras, insectos y algunas especies de aves.
Si bien el acceso a la mina es totalmente gratuito, para poder visitarla es necesario llamar antes al ayuntamiento al cual pertenece, Fuente del Arco, pues es allí donde se encargan de organizar las visitas guiadas que conducen a los visitantes por las tres galerías que están habilitadas.
En su interior, pueden contemplarse de lleno los espejos de falla, las estrías, los procesos kársticos y las chamelas de pliegues, originados por fenómenos geológicos.
La mina es el principal atractivo turístico de Fuente del Arco, un acogedor pueblo que se alza en torno a su Plaza Mayor, donde se ubica la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción.
A pocos kilómetros de este municipio, en la zona de las sierras, vale la pena visitar la ermita de Nuestra Señora del Ara, templo de estilo mudéjar y barroco que, si bien no posee un exterior que llame mucho la atención, presenta en su interior muros y bóvedas que se hallan recubiertos de frescos de sumo encanto, que transportan imaginariamente al visitante a la Capilla Sixtina.

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